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Dejé pasar el colectivo. No pude irme. Me miró a los ojos, y ofreció pagarme un taxi. Entonces entendí incluso lo que no quería entender. Quería que me fuera pero no porque no me quisiera a mí, sino porque en ese momento de su vida él no estaba para ocuparse de nada más. Ciertamente, él tenía muchas cosas que resolver primero, y en verdad no estaba emocionalmente disponible. Pero yo sí. Antes de encontrarme con él, me había dicho a mí misma que pasara lo que pasara, no daría ningún consejo. No diría nada por el sencillo hecho de que no tenía derecho a hacerlo. Cada uno maneja su vida como mejor puede. Así que me abstuve de sermonear, me abstuve de decir una palabra.

Aún al lado mío estaba ausente, con la cabeza en otro lado. Me pidió perdón por su ausencia, y le dije que él no podría haber hecho otra cosa más que lo que hizo. Y le dije que si seguíamos juntos se repetiría la historia, porque en verdad él no podía hacer otra cosa más que lo que estaba haciendo. No había mucho más para decirnos, él de cualquier manera no estaba al lado mío. Dejé pasar el colectivo mientras pensaba cómo decirle que en verdad lo quería. Pero me ofreció un taxi antes de que pudiera decir nada.

No estaba emocionalmente disponible, y yo sí.

Como salido de la nada apareció otro colectivo, y entendí cuál era la puerta que tenía que tomar. La decisión era mía, pero igual me costaba. No hubieron besos ni despedidas –simplemente me di la vuelta, y me fui. Me subí al colectivo y no miré atrás. Pensé que lloraría, pensé que sentiría tristeza, pero lo que sucedió fue que al subir al colectivo escuché las palabras: «El Amor, está. Si no está, no es Amor».

Entonces vi con claridad que su autismo significaba exactamente eso. ¿Cómo no lo vi antes?, me pregunté. El corazón me susurró recuerdos de Varkala. Me vi nadando en el mar, rodeada de acantilados y palmeras. No había olas ese día, la mañana estaba clara, y el mar era azul y verde a la vez. Ese día en India, o mejor dicho, la noche anterior, había sacado clavos con mis propias manos; y ahora, al subirme al colectivo lo dejaba atrás a él por haber comprendido que él no podía vincularse emocionalmente con nadie en ese momento de su vida. Y yo sí.

Pero si tenía alguna duda, si pensaba que me estaba equivocando, allí estaba su ofrecimiento del taxi. Me subí al colectivo y pensé que lloraría. No imaginé que la paz de los días de Varkala acudiría a mí con aquella suave amonestación.

Me senté en la última fila y entendí que en ese instante definitivo acababa de dejar atrás no una, sino todas mis historias de amor y desamor –sin usar otro clavo esta vez.

Sentada en el colectivo, sonreía. Mis días en India no habían sido en vano. Llegué a casa y encontré a la gata sentada en una silla. Me acerqué y la saludé con ternura. Me respondió con ternura, y en ese instante escuché, suave como un susurro:

«Ahora que entendiste lo que no es el amor, vas a saber lo que sí es el Amor».

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