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Salía de mi retiro en las montañas y, después de 10 días completos de respirar el aire de los Himalayas, volvía a la ciudad. Me encontraba ahora rodeada de una multitud de personas en el aeropuerto de Katmandú, donde los parlantes anunciaban – uno tras otro – la demora o cancelación de todos los vuelos con destino a Delhi.

Suspiré.

Si perdía mi vuelo a Delhi, perdía mi conexión a Bangalore. Si perdía mi conexión a Bangalore, perdía mi regreso a Buenos Aires.

Suspiré otra vez.

Tras varias horas de demora, anunciaron mi vuelo y partí rumbo a Delhi. Al llegar, me indicaron que me reubicarían en el siguiente vuelo a Bangalore. Tenía 30 minutos para hacer el check in, despachar y correr hasta mi puerta, y tenía adelante de mí una fila de pasajeros que como yo, habían perdido su conexión y se amontonaban ahora frente al mostrador en un intento desesperado por obtener un asiento.

Cuando llegó mi turno se me coló una familia entera y entendí que estaba por perder mi vuelo a Buenos Aires. Fue en ese segundo que separa la calma de la desesperación que decidí que no correría. Que pasara lo que pasase, no correría.

Finalmente me entregaron mi tarjeta de embarque y me dirigí hacia la puerta. Me quedó la fotografía mental de ver hombres y mujeres ganándome la carrera hacia la zona de embarque.

No correría.

Una vez en la puerta, entregué mi tarjeta de embarque y sonó una alarma. En un inglés con fuerte acento indio, la azafata me indicó que mi asiento había sido ocupado. No me dio tiempo a reaccionar que me dijo que me otorgaban un upgrade a primera.

Hay batallas perdidas que cotizan mejor que la victoria, y adversidades en la vida que son como un upgrade a primera.

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